
Siete Lomitón y un final caro
Nicolás Larraín llegó a operar seis o siete locales de Lomitón en patios de comida —Mall del Centro, Galería Imperio, Parque Arauco, Apumanque—. La franquicia partió bien con uno solo en El Bosque y la cadena le ofreció más. Tomó dos, tres, hasta seis. "Pensé que con seis el margen alcanzaba, pero no", reconoce.
El problema fue de control. Larraín estaba en la televisión cuando los locales empezaron a sangrar, y los negocios de margen bajo no perdonan la distancia. "Estiré mucho el chicle, tenía la plata, creía y no lo cerré a tiempo. Me gasté buena plata en cerrar esos locales".
Por qué los restaurantes no son para corazones blandos
La conclusión de Larraín es clara: el negocio gastronómico exige una personalidad específica. "Hay que ser un gallo muy frío, o vivir ahí, o vivir en el restaurante todo el día". Es un rubro donde el personal se roba, no llega, falla; y donde el dueño no puede permitirse ser corazón de abuelita.
Su autodiagnóstico fue brutal: "No estoy para tener una empresa porque soy muy corazón de abuelita". Trabaja solo desde entonces. La recomendación a quien empieza es sacarse la foto bien y delegar lo que uno no es bueno haciendo, o asociarse con alguien que ya lleva un año en el rubro: "Te ahorras un año de cagazos".
La estrategia mediática que casi le sale por la culata
Cuando Sin Censura empezaba a perder vuelo, Larraín apostó por un docu reality sobre su propia vida llamado "Enciérren a Nicolás". El guionista propuso una jugada arriesgada: salir en los diarios diciendo que estaba quebrado, como anzuelo para vender la serie. La estrategia se volvió contra él. Los diarios titularon en serio: "Nicolás Larraín está cagado y tiene que vender a su familia".
El chiste no lo entendió nadie. La lectura quedó como un fracaso real, no como una jugada creativa. "En Estados Unidos haberte asociado al fracaso es una escarapela —fracasaste pero renaciste—; en Chile el pelambre te tira para abajo", reflexiona. La lección: cuidado con exagerar un punto al nivel de que la interpretación se vuelve errónea.
El negocio que sí le ha rentado durante 30 años
Mientras los restaurantes se fueron al suelo, hay un emprendimiento que Larraín repite hace tres décadas y que paga las cuentas: las charlas empresariales. "Reloj donde lo hago, gano". Domina una herramienta de publicidad —Brand Asset Valuator— que aplica a comunicación, neurociencia y diferenciación emocional. Lo llaman por el boca a boca, cobra caro y le va bien.
Volver a tener credibilidad: del libro Secretos de la mente millonaria
Para recuperar credibilidad empresarial después de una caída, Larraín toma prestada una idea del libro Secretos de la mente millonaria: deja de preguntarte si eres valioso. "Lo que importa es que hagas algo, llamar al huevón, venderle la huevada. No te quedes en si tienes valor o no." El burro coge por insistente, no por bonito.
Hacks financieros del invitado
¿La regla de oro antes de meterse en restaurantes?
Hay que ser un gallo muy frío. Es un negocio de margen bajo donde tienes que controlar al detalle el personal, los robos y los horarios. O vives en el restaurante todo el día, o tienes un administrador de fierro. Si eres corazón de abuelita, no te metas.
¿Cómo elegir un negocio que se ajuste a tu personalidad?
Sácate la foto bien: identifica para qué eres realmente bueno. Si eres ordenado, asóciate con un vendedor. Si eres vendedor, asóciate con un ordenado. Delégate la parte donde eres fuerte y no fuerces meterte en un negocio que pide otra personalidad.
¿Por qué asociarte con alguien que ya conoce el rubro?
Te ahorras un año entero de cagazos. Si te metes solo a un rubro nuevo, sí o sí vas a pasar la curva de aprendizaje pagando errores. Asociarte con alguien que ya lleva un año significa empezar adelantado. Salvo que tu papá te pague la casa y tengas tiempo.
¿Cómo recuperar credibilidad empresarial tras un fracaso?
Deja de preguntarte si eres valioso y enfócate en la acción. Llama, vende, insiste. El burro coge por insistente, no por bonito. La idea viene del libro Secretos de la mente millonaria: lo que importa no es tu valor percibido, sino que llegue la factura.




